Para saber de qué se trata estos ejercicios haz clic AQUÏ
Para leer el cuento original haz clic AQUÍ
Érase un hombre cuyos actos me obligaron a matarle. Al inicio me había centrado solo en destrozarle los pies. Sólo esto bastaba para defenderme de sus ataques. Y, para lograrlo, volaba en círculos por encima de él y regresaba para propinarle un picotazo fuerte y certero. Sí, sólo un picotazo por vez.
De esta manera, había alcanzado a romperle por completo sus zapatos y calcetines, y por fin comenzaba a reventar sus dedos.
Pero, en ese momento sucedió que llegó un señor que, al ver mi heroica defensa, pensó que yo era el agresor y que el hombre era sólo una pobre víctima. Fue así como el muy bandido le explicó que yo había llegado de la nada a propinarle picotazos y que incluso había pensado en torcerme el cuello, pero que yo era muy salvaje. ¡Claro, de no ser por mi adecuada defensa, atacando a su cara, no estaría aquí (vivo) contando este relato!
Era de esperarse, el señor se congració con el rufián y ¡se fue hasta su casa para traer un revólver! Yo había escuchado toda la conversación y miraba con visible perplejidad a cada uno. ¡No podía creer que el villano se desharía de mí por mano de otro y además haciendo uso de su compasión!
Ahí fue cuando cambió mi defensa. No me quedó más alternativa que dar fin a la vida de mi rival, que ahora no era más que un guerrero sin honor. Lo tenía que hacer pronto, antes de que el señor regresara para cometer un asesinato injustificado. Esta vez mi defensa salvaba dos vidas.
Me elevé muy alto y adecué mi cuerpo como una lanza rígida y mortal, me fui contra él con toda mi fuerza y le clavé mi pico hasta lo más profundo de su garganta y salí por su pecho.
Alcancé a verlo sonreir mientras caía de espaldas. Para este cobarde resultó ser alentadora la muerte.
Ir al Anterior Ejercicio
los mastodontes
Hace 6 años
0 comentarios:
Publicar un comentario